miércoles, 24 de mayo de 2017

The Bodacious Period

La palabra "bodacious" se puso de moda durante los 80 y los 90 en Estados Unidos y procedía de la combinación entre "bold" y "audacious", que en ambos casos significa "atrevido" o "audaz". Algo "bodacious" era en esa época, algo impresionante y prodigioso, algo que molaba mucho. Y con este modelo de camiseta para TeePublic, bautizado como "The Bodacious Period", la ilustradora norteamericana Hillary White Rabbit no ha querido dejar pasar la oportunidad de hacer un juego de palabras con "voracious" (adjetivo muy aplicable a esos voraces lagartos terribles del Mesozoico) para mostrar a estos dinosaurios molones de estética noventera. La camiseta se puede conseguir aquí, por unos veinte dólares.


martes, 23 de mayo de 2017

Un pequeño homenaje a Mary Anning a través de ilustraciones...

Mary Anning (por Jemima Williams)

Pues aprovechando que anteayer fue el 218 cumpleaños de Mary Anning (nació un 21 de mayo de 1799 en Lyme Regis, Gran Bretaña), hemos recopilado unas cuantas ilustraciones que tienen a esta pionera de la paleontología como protagonista. Si, ya sabemos que vamos dos días tarde y que 218 tampoco es una fecha significativa, pero también pensamos que no hace falta una excusa de peso para rendir nuestro pequeño homenaje a Anning a través de esta selección de obras pertenecientes a distintos artistas con muy diferentes estilos.

Mary Anning and the Sea (por Jessica Bromley Bartram)

Mary Anning, Palaeontologist and Tray the dog(por Alex Ashman)

Mary Anning, fossil collector & paleontologist (por Rachel Ignotofsky)

Mary Anning rocks! (por Clockwork Express)

Mary Anning (por Annie Wilkinson)

She sells sea shells from the Jurassic seashore (por Ray Troll)

Famous People: Mary Anning (por The Boy Fitz Hammond)

lunes, 22 de mayo de 2017

Superhéroes y Dinosaurios X: ¿Evolucionaron los superhéroes de los dinosaurios?

Acaba de caer en mis manos Amazing fantasy, una recopilación que editó el año pasado Panini España de la homónima revista (1961-62) de la Marvel en la que vería la luz Spiderman. Entre los extras que se incluye al final del volumen, hay un artículo que Jack Kirby publicó en Monster menace #2 (1994) en el que sostiene una tesis fascinante, más aún viniendo de quien viene.

La carrera espacial y la radiación atómica dispararon la imaginación de los jóvenes en la posguerra, impulsando las historias de monstruos. “Para introducir un cambio, combiné los monstruos con características humanas. Se convirtieron en parte del modo de vida humano, y al hacerlo, los monstruos se volvieron aceptables para el hombre. Se produjo una evolución del monstruo y del hombre. Me interesaba tomar a los monstruos que aterrorizaban al hombre y convertirlos en aliados. Seguían pareciendo monstruos, pero tenían cualidades heroicas”.

La conclusión a la que llega Kirby es ciertamente reveladora: “Los primeros monstruos eran precursores de los superhéroes de los 60”.

Y no habla por hablar, da datos concretos: en “Thorr” (1961, Tales to Astonish #16) aparecen una critaturas rocosas que tenían mil millones de años de antigüedad y el autor reutilizó para combatir al propio Thor; en Journey into Mistery #62 (1960) aparece un monstruo peludo llamado “Hulk” que no es sino un predecesor del hombrecillo verde al que todos conocemos.

Kirby no lo menciona, pero en noviembre de 1961 aparecen en los kioscos tanto “Sserpo” (Amazing adventures #6) como “La Cosa” (Fantastic four #1), que deben tener algún pariente común o, tal vez, el dibujante había tenido algún problema reciente con una piedra…

Llegados a este punto, vamos a intentar contestar al enigmático –hasta conocer la tesis de Kirby- interrogante que plantea el título de este post. En principio y como vimos en el post dedicado a Jack Kirby, los dinosaurios presentes en las historias de monstruos publicadas por el dibujante antes del boom de los hombrecillos con mallas en los 60 parecen apuntar hacia una respuesta afirmativa.

Por cierto, en el recopilatorio de Amazing fantasy publicado por Panini podéis leer en español "We were trapped in the twilight world!" (1961, Stan Lee/ Kirby), o "Those who... change!" (1962, Lee/ Steve Ditko), muy apropiada para los lectores de este blog, a los que no puedo contar nada más sin hacer spoiler.

¿No recuerda a Devil Dinosaur el terópodo colorao de "We were trapped..."?

Sin embargo, resulta bastante difícil encontrar cualidades saurias en superhéroes, ya que los pocos ejemplos obvios que han pasado a la historia han caído siempre del lado de los supervillanos: Sauron (1969, Roy Thomas/ Neal Adams), Stegron (1974, Len Wein/ Gil Kane). En realidad, lo más parecido a un héroe se debe precisamente a Kirby: Devil dinosaur (1978). Pero, ¿Por qué puede ser un héroe un hombre-araña o un hombre-murciélago y no un hombre-estegosaurio?

En nuestra serie monográfica sobre la evolución de los dinosaurios en el imaginario popular “Imaginando dinosaurios” vimos que, salvo honrosas e interesantes excepciones, los reyes del Mesozoico se habían dedicado tradicionalmente a proteger del exterior mundos perdidos poblados por turgentes amazonas, para terminar pagados en posguerra siendo considerados meros trofeos de caza mayor en safaris en el tiempo. Ya ni siquiera daban miedo. Después de que los yanquis arrojaran la bomba atómica, es comprensible.

A finales de los 60, se pone en tela de juicio su supuesta ectotermia y Dale Russell describe al inteligente stenonychosaurus, de visión binocular y dedos oponibles que, según él, de no haberse extinguido habría evolucionado como el hombre.

Pero, para entonces, los superhéroes ya se habían adueñado del panorama editorial norteamericano en el que, es triste decirlo, poco ha cambiado desde entonces.

De manera que, si el universo Marvel no está lleno de hombres-dinosaurio que salvan doncellas en apuros atrapadas en las redes de villanos hombres-tarántula, no se debe más que una cuestión de tiempos: si el boom de los superhéroes hubiera tenido lugar en los 80, hoy todo el mundo conocería a Triceratops-man y Troodon-boy… Aunque el futuro aún no está escrito, por supuesto.

viernes, 19 de mayo de 2017

El mosasaurio de plastilina de Elías García Ledo

Elías García Ledo es un ilustrador español que vive en Londres desde 2010. Estudió publicidad audiovisual y ha trabajado como diseñador gráfico para agencias como Young & Rubicam, CP Proximity, Storm Ruiz Nicoli o Doubleyou. Desde 2011 trabaja para la compañía de videojuegos Gamesys. Sin embargo, lo que nos interesa de la obra de Elías es su faceta de escultor. Y más concretamente, la realización de este mosasaurio de plastilina. Aquí dejamos el proceso de creación de la escultura:








jueves, 18 de mayo de 2017

Unas cuantas ilustraciones dinosaurianas... (IX)

Spike (por Beatrice Blue)

Volvemos una vez más con otra tanda de ilustraciones dinosaurianas, esta vez con un denominador común: la coexistencia entre humanos y dinosaurios no avianos. Supongo que a estas alturas ya sabemos que esta coexistencia no tuvo lugar, ya que los dinosaurios no avianos se extinguieron hace 66 millones de años y el género Homo surge hace 2,5 millones de años. Pero bueno, quitando esta "pequeña" imprecisión, estas ilustraciones permiten imaginar cómo sería tener a un tiranosaurio de mascota, o de montura, o lo difícil que sería discutir con uno de estos enormes bichos. Ahí lo dejamos:

Dino-Riding Beard Man (por Ryan Van Dongen)

Rand Show 2016 (por Says Who)

Head in the clouds (por Dominik Mayer)

Reasoning with a T Rex (por Jack Whitney)

Desert Rider (por J.E. Jácome)

miércoles, 17 de mayo de 2017

A Capella Science - More Than Birds

A Capella Science es un proyecto del físico canadiense Tim Blais en el que aúna su pasión por la ciencia con el interés que siempre ha despertado la música en él. Así, inspirado en Weird Al Yankovic, Bill Nye, Mike Tompkins o Vi Hart comenzó a componer canciones paródicas a capella con temática científica. En gran parte, sus letras tratan de física, pero hace unos días estrenó una canción en la que habla de por qué los pájaros son dinosaurios. La dejamos a continuación:


La letra de la canción es la siguiente:

Pigeons and doves coo 
They're not two birds but one from a deeper view 
With life that always holds true 
One descent but if you only knew 
How clearly 
Gulls and geese have had their roots revealed 

More than birds 
The fossils have the clues to make it real 
By the mid-Jurassic they had warm bodies 
And hollow airy bones 

What would you do 
If raptors grew wings and flew 
More than birds the stones reveal 
Archaeopteryx is real 
What would you say 
If I told you birds convey 
More than eggs and tasty stew 
They're a strain of dino too 

More than birds 

How could life give rise to 
Cockatoos from such a monstrous plan 
Selection pressure substitutes their 
Jumps for glides 
To powered flight it tends 
Adapting or T-Rex's feathers and wishbone 

More than birds 
By oviraptor's breeding can be shown 
Cause like birds they laid their eggs sequentially 
And sat on them to grow 

What would you do 
If you died while stuck in goo? 
More than birds in amber sealed 
Dino plumage is revealed 
What would you say 
If our rooks and birds of prey 
Are the ancient kings made new 
Cause they're avian dinos too 

More than birds

martes, 16 de mayo de 2017

Plumas al viento (Charlie Charmer) (y II)

Resumen de lo publicado: Ricardo, el richardoestesia, ha acudido junto a sus amigos paronychodones a una competición de saltos al vacío donde se mueve gran cantidad de dinero en apuestas. Pero Ricardo en realidad sólo es un bocazas que no sabe volar y todo se le ha ido de las manos...


- Olvídate... de ese cobarde –dijo Julito con la lengua colgando por la comisura izquierda de la boca, interrumpiéndose constantemente con sus jadeos-. Ya nos encargaremos de él… cuando se le ocurra volver al pueblo.

Gustavo le miró con los ojos aún inyectados en sangre y el rostro pálido como la caliza.

- Tienes mala cara –apreció Julito.

- El tabaco... coff, coff… tengo que dejarlo pero ya... -apenas pudo terminar la frase, echándose mano a la boca del estómago, llevado de una náusea entre aquellas toses convulsas- coff, coff.

- Si tienes que potar, por mí no te cortes –dijo Julito sacándose la chorra junto al arcén para vaciar la vejiga-. A mí también me tocó echar la papilla antes, cuando se me ocurrió acercarme al chamizo que hace las veces de urinario en la entrada. Te aseguro que hay que estar muy desesperado para meterse ahí.

Los paranychodones arquearon las cejas y cruzaron una mirada cómplice. El regreso al circuito fue bastante más lento que la huida, no tanto por el agotamiento físico de Gustavo como por el temor a volver a encontrarse cerca de la porra y las púas del struthiosaurio. Cuando llegaron junto a la caseta, Julito golpeó a poca distancia del picaporte un par de veces con los nudillos.

- Ocupado –dijo un vocecilla desde el interior.

Gustavo hizo una seña a su amigo para que se apartase y, de una certera patada, hizo saltar los pernios por el aire, echando la puerta abajo. Pero el hedor era tan intenso que tuvo que echarse a un lado para vaciar su ya revuelto estómago, mientras Julito le sustituía tapándose los orificios nasales con las garras.

- Sal de ahí, capullo. Está a punto de llegar tu turno y todos dependemos de ti.

- No... no lo entiendes –dijo Ricardo levantando la mirada sin mover la cabeza, acurrucado en un rincón-. Dieciocho metros es mucho más de lo que he saltado nunca.

- Pero, ¿qué estás diciendo? ¿No te habías tirado por el barranco de las chufas?

- Sí, pero la pendiente es tan suave que acabé completando el descenso de varias zancadas. Nunca he dado un salto de más de cinco metros y no creo que realmente haya planeado jamás.

- Pero, bueno, y ¿por qué no lo aclaraste antes?

- Estaba todo el mundo tan excitado que me sabía mal desilusionaros.

- Bueno, todo eso ahora ya da igual –dijo Gustavo, que había recuperado un poco el color después de echar el desayuno-, tú vete para allá, salta y ya está.

- Es que no estabas aquí y no te has enterado –trató de aclararle Ricardo, apretando más fuerte las piernas entre los brazos, hecho un ovillo.

- Me he enterado de sobra. O te vas a la pista echando ostias y saltas o te tiro yo. Abre las alas en cuanto estés en el aire y procura no matarte. Con que pases esta ronda tenemos suficiente.

- Gustavo tiene razón –dijo Julito-. El viento ahora juega a tu favor, sopla desde abajo con fuerza. Antes ha saltado un pterosaurio diminuto al que el viento ha devuelto al punto de partida tan pronto que ha sido eliminado. Nosotros somos mucho más pequeños que esos azdárquidos. Eso debe ser una ventaja, ¿no crees?

- Pero, pero...

- No hay peros que valgan. Vamos, ya que tienen que estar a punto de llamarte.

Los paronychodones agarraron por las sisas al richardoestesia, sacándolo a rastras del excusado. Atravesaron el aparcamiento a toda velocidad, temiendo encontrarse de nuevo con el guarda, pero fue una ambulancia medio destartalada la que se los habría llevado fácilmente por delante si la sirena no hubiera anunciado su presencia chillando desbocada, girando sobre su eje mientras proyectaba un haz de luz anaranjada por todas partes. Los celurosaurios se echaron a un lado y el vehículo prosigió su agitada marcha, con la mala fortuna de meterse de lleno en un enorme bache que puso a prueba los amortiguadores y acabó por abrir la portezuela trasera. Uno de los enfermeros se apresuró en volver a cerrarla, pero Ricardo tuvo tiempo de comprobar el lamentable estado del pterosaurio cuyos restos viajaban sobre la camilla, completamente desmembrados, tiñendo de rojo las sábanas.

En un quiebro, el richardoestesia se soltó de sus captores y echó a correr, pero pronto fue alcanzado. El resto del camino lo hizo arrastrado por los pies por sus paisanos. Llegaron a la pista justo cuando el locutor le presentaba:

- Y la novedad de este año es que tenemos a un auténtico dinosaurio entre nosotros. Por supuesto, un dinosario no aviano, pues otra cosa atentaría contra el reglamento. Si quieren ver a un celurosaurio destriparse contra los peñascos, les sugiero que continúen atentos a la pista… -los plesiosaurios, que llevaban un rato ocupados en dar caza a un calamar que se había despistado, regresaron inmediatamente a su puesto de observación.

- Noooo. Dejadme, cabrones, dejadmeeee –se quejó Ricardo, clavando las uñas en el suelo, hiriendo la tierra sin obtener a cambio más que unos largos surcos que le seguían, serpenteantes.

- Se trata de Ricardo… Esteso, juajuajua. Juro que no es otra de mis bromas. Ricardo Esteso, un richardoestesia de metro y medio de envergadura y un escueto historial que, asegura, ha dado un par de brincos en un montículo de su pueblo. La diversión está asegurada. Vamos muchacho, levántate del suelo y pórtate como un saurio… jajaja –la risita que había provocado el nombre del competidor entre muchos sectores del público se convirtió entonces en cachondeo generalizado-. Claro, es eso. No es más que un saurio, amigos, su sitio está ahí, arrastrándose sobre la tierra.

Los paronychodones se agacharon junto al foco de todas las burlas.

- ¿Es que no les estás oyendo, mamón? ¿Vas a consentir este escarnio de tu especie? ¿Qué eres, una mierda de eusuquio o un saurio?
Ricardo no contestó, pero aflojó la presa contra el suelo. Dejó de llorar como una niña y se incorporó lentamente sobre las rodillas. Los paronychodones le soltaron, permaneciendo lo suficientemente cerca para volver a agarrarle si era necesario.

- Eh, un momento –dijo el presentador-. Parece que nuestro amigo se ha enfadado y quiere demostrarnos algo... Seguramente, la ley de la gravedad –abajo, los plesiosaurios golpeaban las olas con sus aletas, presa de la excitación.

El comentario y las risas con que el público le correspondió acabaron por enervar al richardoestesia, que se puso en pie. Mientras sus acompañantes se reintegraban a la masa una vez cumplida su misión, se acercó lentamente al borde del escarpe y colocó los pies paralelos en el límite. Fue entonces vio las rocas al fondo, rodeadas de bivalvos y líquenes, afiladas como los dientes de un betasuchus. En su anterior visita a la pista no había llegado tan lejos y pensaba que, al final de la caída, lo que le esperaba sería el mar, que podría dejarle malherido pero daba cierto margen a su supervivencia. Tenía la idea preconcebida de que los peñascos se reservaban a las categorías superiores. Sintió unas ganas irrefrenables de darse la vuelta y salir corriendo, pero fue incapar de mover un solo músculo, estaba completamente paralizado.

Absorto en la distancia que le separaba del fin, que habría deseado que fuera aún mayor para arrancar unas décimas de segundo adicionales a la existencia, no lo vio llegar. Ni siquiera se percató del grito mudo del respetable, observando con el corazón encogido como aquel judas malnacido se abría paso entre la turba para emprender la carrera con los brazos extendidos hacia el que le había tenido tanto tiempo por su amigo.

Una cosa era que aquel dinosaurio prepotente se precipatara al vacío por cabezonería propia y otra que nadie le obligara o, menos aún, le empujara literalmente. Solo una vez, en toda la historia del campeonato, había sucedido algo parecido aunque de mucha menor gravedad. El padre de un pterosaurio manco fue detenido por las autoridades al cogerle intentando extorsionar al niño con retirarle la paga si no saltaba. Acusado del delito de coacciones tipificado en el artículo 434 del Código Penal Deportivo, con la agravante de la minusvalía de su vástago, fue condenado a seguir entregándole su asignación mensual desde la cárcel durante los siguientes doce años. Algunos criticaron el rigor del tribunal, pero lo cierto es que no se volvió a dar un caso similar tras aquella condena ejemplar.

Gustavo aceleró el paso las últimas zancadas. No estaba dispuesto a esperar a que aquel miedica se arrepintiera. Llevado por su envenenado impulso, resbaló con la gravilla de la pista, a la que las pisadas plantígradas de los azdárquidos estaban más que acostumbradas, pero poco aptas para dinosaurios digitígrados, y la inercia le lanzó despedido por el margen derecho del escarpe donde terminaba la rampa, sin siquiera rozar a Ricardo, que contempló atónito como el paronychodon daba varias vueltas de campana en el aire hasta chocar con un saliente del promontorio que le proyectó con fuerza hacia el mar. El cuerpo describió una parábola perfecta y aterrizó sobre el grupito de plesiosaurios, despachurrando a uno en el acto.

- Bueno –resonó la voz del comentarista a través de la megafonía-, pues parece que ha quedado demostrado de una vez por todas que los dinosaurios no avianos no pueden volar –el público le contestó con una obscena carcajada-. Y vayamos ya con el penúltimo competidor, el veterano Froilán Zado…

Uno de los jueces ayudó a Ricardo, todavía bastante afectado por cuanto había sucedido, a retirarse de la pista y le acompañó hasta la pequeña tribuna desde donde la organización controlaba el desarrollo del campeonato. El secretario del tribunal levantó su cabeza en forma de flecha, se rascó el cuello con el raquis de la pluma y miró al celurosaurio con una mezcla de estima y conmiseración.

- Felicidades, señor Esteso, ¿Va a competir en la siguiente categoría?

- ¿Perdón? No le comprendo. Si no he saltado…

- Vamos a ver lo que dice el acta… sí, aquí está “dinosaurio no aviano realiza un salto poco ortodoxo y pasa al siguiente nivel”.

- Pero, ése no era yo… y además, se estrelló contra el fondo.

- El reglamento indica que superará la prueba el competidor que consiga planear sin chocar contra las rocas o el mar. En tanto solo ha habido un dinosaurio inscrito en esta categoría y, tras un casi imperceptible planeo, no ha golpeado a ninguna piedra ni al agua, sino a un especímen que, por otra parte, no debería haber estado ahí, puesto que hay carteles que lo prohíben distribuidos por todos los alrededores, la única conclusión válida es que Ricardo Esteso ha superado la prueba. Si no está de acuerdo con la resolución del tribunal, tiene diez días para recurrir ante el Tribunal de Arbitraje Deportivo...

Como pueden imaginar, el pueblo recibió al héroe de Montmeló con todo el boato y fanfarria de que era capaz. Los festejos por la gesta se prolongaron durante varios días y le dieron su nombre a la escuela tras adecuar sus instalaciones con el dinero obtenido por las apuestas. Nadie echó de menos a Gustavo y, por lo que se refiere a Julito, se encargó de difundir los detalles de la hazaña de Ricardo minuciosamente entre sus convecinos, a los que, con gusto, explicaba una y otra vez cómo había aguantado el tipo hasta el último momento, como se arrojó sin dudar desde lo alto del risco, con los ojos cerrados, sin dejar de pensar un instante en la educación de los niños del pueblo, cómo su espíritu intrépido le impulsó sobre las nubes y como refulgía el sol a través de sus plumas cuando se posó, majestuoso, en la tierra.

Sin embargo y pese a los muchos requerimientos de que fue objeto, el laureado richardoestesia rehusó abrir una escuela de aviación para los jóvenes del lugar, a los que siempre aconsejó que mantuvieran las patas bien sujetas a la tierra. Y lejos de perpetuar su fama con nuevos desafíos, aprovechó el éxito para retirarse con la auréola de campeón. Dicen que no volvió a saltar ni los charcos.

CHARLIE CHARMER

lunes, 15 de mayo de 2017

Cubierta de Diego Cobo para el XV Encuentro de Jóvenes Investigadores en Paleontología

A Glimpse of the Past, el volumen de resúmenes del XV Encuentro de Jóvenes Investigadores en Paleontología (EJIP), reúne los últimos resultados de un alto número de paleontólogos ibéricos en sus primeras etapas investigadoras. La temática abarca desde humanos primitivos y fauna del último millón de años hasta Trilobites y peces primitivos, pasando por dinosaurios, cocodrilos o moluscos, abordados desde diversas disciplinas: historia evolutiva, anatomía comparada, análisis morfo-funcional, biogeografía, tafonomía, preparación, conservación y restauración o paleoarte. A lo largo de sus más de 400 páginas queda patente que la calidad de esta cantera de jóvenes paleontólogos deparará muchas sorpresas en el futuro.

Para la cubierta los paleontólogos solicitaron a Diego Cobo una ilustración realizada previamente, la cual representa a un ceratosaurio avistando a unos saurópodos (Cobo añadió más tierra y cielo a la imagen para cubrir el reverso y el anverso de la portada).

Anteriores entradas dedicas a Diego Cobo en este blog aquí y aquíMás información del XV EJIP aquí.

viernes, 12 de mayo de 2017

Extinction! The Musical

"Extinction! The Musical" es un cortometraje de animación realizado por el colectivo escocés Binary Beard, compuesto por Lisa Graham (ilustradora), Denis Mallon (animador) y Euan Campbell (músico). Cuenta la historia de Christian, un alumno que se pierde durante una excursión del colegio al museo y acaba en una sala abandonada sobre animales extintos. Ignorados por los humanos durante largo tiempo, los animales cobran vida y le cuentan al chico trágicas historias sobre su desaparición. Ahí dejamos el corto:



La letra de la canción es la siguiente:

You might not seem to care
Young man
But our story is quite
Gargantuan

Most people lack
An appreciation
But we’re here to give you
Some education

Let’s get started...

The Irish Elk was
An impressive creature
His massive antlers were
An aggressive feature

He used to be a big hit
With all the ladies
Had a jolly old time
And made loads of babies

Though through the ages
They were great for flirting
The hefty head gear
Formed a bit of a burden

Till one fateful day
When he was out and about
He got caught in the trees
And couldn’t get out!

So many creatures we have seen
Have suffered expiration
It makes you think, what does it mean?
What is the explanation?

Ex-ex-ex-ex
Extinction
Extinction

Ex-ex-ex-ex
Extinction (No good for me)
Extinction (No good for you)

So here’s the story of
The Giant Rice Rat

He was about the size
Of a regular cat

On an island
In the Caribbean
It was like a long
Va-ca-tion

He was usually
Spotted feasting
On the coconut
Plan-ta-tion

For eating the crops
They got hunted down
Their numbers really
E-ro-ded

But in the end
They were really done
When the mountain
Ex-plo-ded

The lava
Was ruthless
There was no place
To go

Just one guy
Survived
Locked up down
Be-low

So many creatures we have seen
Have suffered expiration
It makes you think, what does it mean?
What is the explanation?

Ex-ex-ex-ex
Extinction
Extinction

Ex-ex-ex-ex
Extinction (No good for me)
Extinction (No good for you)

He was a hill dwelling Ibex
With poise and grace
They say you only live once
Well not in his case

They were hunted for fur
Down to a lesser few
Then they got rounded up
And chucked in a zoo

Happy and peaceful was
His time on the ranch
‘Till one frightful day
He got brained by a branch

That’s surely the end
You might have thought
But he actually came back
Though the time was short

Cloned in a tube
But his grand encore
Lasted just seven minutes
Then he was no more

So many creatures we have seen
Have suffered expiration
It makes you think, what does it mean?
What is the explanation?

Ex-ex-ex-ex
Extinction
Extinction

Ex-ex-ex-ex
Extinction (No good for me)
Extinction (No good for you)

Now there you have it
I’m nearly done
But if you ask me my opinion

The human race
Are pretty dumb
About the beast of their dominion

Take it from me
It happened to us
And there’s a strong potentiality

That you could be next
On the endangered list
It’ll be “so long, humanity”!

jueves, 11 de mayo de 2017

Paleocene

"Paleocene" es un cómic creado por el ilustrador norteamericano Mike Keesey y ambientado hace 66 millones de años, tras el impacto de un enorme meteorito sobre la Tierra que eliminó casi tres cuartas partes de los seres vivos que existían en el planeta. La idea surgió en 2000, cuando Michael Kirkbride, amigo de Keesey, le sugirió hacer un cómic que prosiguiera al final cataclísmico de “Age of Reptiles”. La historia se centraría en un grupo de pequeños mamíferos que luchan por la supervivencia en un paraje postapocalíptico tras el fin del Mesozoico. A Keesey le encantó esta idea, pero no fue hasta 2015 cuando comenzó a desarrollarla.

Así, fue publicando hoja a hoja en su web hasta completar el primer volumen del cómic. Ahora, Mike Keesey ha decidido publicarlo en papel, y para ello ha puesto en marcha un crowdfunding en Kickstarter. A día de hoy, ya ha conseguido el objetivo inicial, que eran 400 dólares, pero todavía queda casi un mes para que se cierre la financiación. El vídeo de presentación del crowdfunding es el siguiente:


El primer volumen de "Paleocene" consta de 22 páginas realizadas desde diciembre de 2015 hasta abril de 2017 y que cuentan las aventuras y desventuras de Mamma y sus hijos. Ya sabes, puedes apoyar su publicación aquí. A continuación dejamos una muestra:



miércoles, 10 de mayo de 2017

Plumas al viento (Charlie Charmer) (I)

- Lo siento, no se admiten aves –dijo el encargado del registro dejando reposar la pluma en el tintero.

- ¿Te parece un pájaro mi amigo? –dijo en tono amezante Gustavo, apoyando un ala sobre el libro del oficial- ¿Es que no sabes distiguir un celurosaurio de un miserable enantiornithes?

El azdárquido observó horrorizado aquella extremidad con las plumas llenas de polvo mancillando su esmerada caligrafía. Estaba a punto de arrancársela de un picotazo cuando reparó en la abultada bolsa de Judas que aquel paronychodon llevaba atada a la cintura, similar a la que cargaban sus dos amigos. Probablemente, había una forma mejor de desplumarles.

- Un momento, por favor.

Pasó un pequeño plumero de plumón de arqueopteryx por la superficie de su escrito y ahogó un gemido al ver que se había corrido la tinta en el asiento con el nombre del último competidor inscrito. Algunos filamentos aún adheridos al borrón delataban al bermejo plumaje de las alas de Gustavo. El escribano contó hasta diez y recordó que la venganza es un plato que se sirve frío. Sacó un poco de talco de un cajón y lo vertió sobre las líneas finales, colocó un pedazo de papel encima y cerró el volumen. Se levantó y, sin dejar de clavar los ojos en el grupito de celurosarios, se acercó a uno de los jueces de la prueba. Se cruzaron algunas frases en voz baja, ocultando el rostro entre las alas para que nadie pudiera leerles los picos.

Cuando regresó a su sitio, los ojillos del azdárquido brillaban de un modo inquietante y tenía una siniestra sonrisa pintada en la cara. Se sentó en la banqueta, volvió a abrir el libro de registro, eliminó los restos de talco de un soplido y tomó la pluma del tintero, empuñándola cálamo en ristre.

- ¿Nombre?

- Ricardo. Ricardo Esteso.

- No –El pterosaurio no estaba dispuesto a dejar que, además de estropearle los apuntes, aquellos pajarracos le tomaran el pelo ¿…un ricardoestesia que se llamaba Ricardo Esteso?

- Sí –insistió el aludido.

- Hay padres muy cabrones –trató de disculparle el otro paronychodon.

- Oye, Julito, no te pases...

Sin hacer nada por disimular una risilla compulsiva que acabó contagiando a los propios paronychodones que acompañaban al bisoño participante, el escribano anotó el nombre y le entregó un dorsal con el número veintiocho.

Ricardo repartió algunos codazos e imprecaciones entre sus supuestos amigos y, tras colgarse la identificación del cuello, se aproximó a la pista, alrededor de la cual el público había comenzado ya a concentrarse. Dado lo abrupto del terreno, eran muy pocos los afortunados que podían disfrutar de una vista completa del descenso, por lo que las discusiones disputándose los mejores sitios eran frecuentes, llegando a veces a los picotazos.

El ricardoestesia había oído hablar mucho del circuito del islote de Montmeló, pero nunca lo había visitado. La radical verticalidad de sus acantilados era idónea para el descenso y sus diferentes altitudes permitían la competición en todas las categorías oficiales. Por eso era la sede del Gran Premio de Caída Libre de Iberoarmórica desde hacía tantos años.

Los saltadores podían competir en todas las categorías que desearan, siempre que completaran con éxito un salto en la previa. Eso iba limitando el número de competidores de los niveles superiores a quienes no optaran por un abandono final, cayeran al mar o se estrellaran contra las rocas en los saltos previos. Lógicamente, los últimos no volverían a molestar más al público con su impericia; pero en los otros dos supuestos se permitía un nuevo intento. Si a la primera plataforma, que se elevaba dieciocho metros sobre las olas, solían acudir decenas de participantes, nunca eran más de tres o cuatro intrépidos los que llegaban a lanzarse desde los gigantescos farallones de más de cincuenta metros frente al acantilado.

Ricardo levantó la cabeza cuando aún le separaban un par de pasos del borde y comenzó a marearse. Se arrepintió inmediatamente de haber hablado a sus paisanos de los brincos que daba en los riscos para entretenerse cuando llevaba a las tortugas a pastar al monte. La bola se hizo un mundo y, convertido en el héroe del pueblo, el primer celurosaurio que iba a competir en Montmeló (tal como le presentó el diario local) ya no podía dar marcha atrás.

Los competidores debían arrojarse con las alas totalmente plegadas y ganaba la prueba el que más tardara en estirarlas para planear con objeto de esquivar el choque. Había condecoraciones y premios para las primeras marcas. Pero lo que de verdad arrastraba al nutrido grupo de aficionados que siempre acudía a presenciar las pruebas eran las apuestas, fabulosas en todas las categorías. Aunque el reglamento solo prohibía la participación a la aves, el acantilado era monopolio pterosaurio. Nadie iba a apostar una lira a favor de un dinosaurio. Salvo sus paisanos, claro. Si tenía éxito, el pueblo podría reformar por fin la escuela y, con el sobrante, se colocaría una placa en honor al héroe en la Plaza Mayor.

- Esto está chupao para ti –dijo Gustavo, dando una sonora palmada en la espalda al demacrado ricardoestesia, dando al traste con sus esfuerzos por reprimir una arcada.

- Sí –dijo Ricardo volviéndose lívido hacia su amigo, tratando de mantener el tipo tras expulsar el desayuno por el barranco-, chupao.

- Julito ha ido al mostrador a apostar. Te estaba esperando porque tenía tu bolsa, pero iban a cerrar ya las apuestas para el primer salto.

- Pero… ¿lo habéis apostado todo?

- Toma, pues claro ¿para qué hemos venido si no…?

- ¿Sí? ¿sí? –les interrumpió la megafonía, cuyos ecos se perdían a través de las oquedades y salientes de la escarpada costa- Muy buenas tardes, Señoras y señores.

El público se volvió hacia el puesto de prensa instalado en el promontorio más elevado del islote, el único lugar desde donde eran visibles todas las pistas y su vertical completa hasta el mar, donde chapoteaba contra la marea un grupito de plesiosaurios adolescentes que había tomado ya posiciones para disfrutar morbosamente con los impactos de los saltadores menos afortunados.

- Les habla Ernesto Fado, retransmitiendo en directo desde el circuito de Montmeló.

La locución del presentador se aprovechaba para su retransmisión radiofónica simultánea, por lo que la organización solía invitar a periodistas deportivos de renombre, cuya presencia era a la par un buen reclamo publicitario para la cadena y un aliciente añadido para los asistentes. El señor Fado era popular en particular entre el numeroso público femenino, aunque era un tipo bajito y rechoncho, y de sus facciones podría decirse con generosidad que no eran muy ortodoxas, por no decir difíciles. Pero tenía una voz grave y profunda que surtía un efecto demoledor sobre ellas y transmitía camaradería a ellos, que le admiraban y envidiaban en secreto. Conocedor de sus cualidades, las explotaba con determinación y tenía ese puntito fanfarrón que acababa de darle una auréola realmente arrebatadora.

- La competición está a punto de comenzar, bajo un sol de justicia. Este año se ha batido el récord de participantes y, según me cuenta una monada de pterosauria a la que este año ha encargado las cuentas la organización, se está apostando también muy fuerte. ¿Cómo va la cosa, cariño?

- Bueno… je, je, je –rió ella, como una colegiala- Pues te puedo decir que, de momento, ya se han recaudado más de cien mil liras, lo que no está nada mal.

- Uauh, ya lo creo ¿Te imaginas lo que haríamos tú y yo con tanta pasta, preciosa?

- Ay, calla, calla, que estoy casada...

- No pasa nada, mi vida, con cien mil liras tenemos para los tres… Pero me temo que tendremos que dejar el reparto para otro momento porque, señoras y señores, los jueces se aproximan ya al borde de la primera pista. El espectáculo está a punto de comenzar.

El público disperso se congregó junto a la rampa de lanzamiento en cuestión de segundos, entre pisotones, codazos e imprecaciones. Los puestos de golosinas y bebidas se quedaron desiertos, momento que aprovecharon sus propietarios para hacer una primera estimación de sus ganancias, rellenar las botellas de whisky de marca con garrafón y sumergir un par de segundos los vasos usados en una cubeta con un menjunje espumoso altamento corrosivo que no dejaba de burbujear, para luego dejarlos secar al sol. Un par de vagabundos que merodeaban el circuito aprovecharon para hacer acopio de colillas y algunos reptiles callejeros devoraban los restos de comida tirados por el suelo.

Para Gustavo y Julito, colarse entre los intersticios que dejaba el público azdárquido al pleglar las alas fue un juego de niños. Aunque chocaran con alguna pata, la selva de patagios plegados sobre la que los azdárquidos elevaban sus cuellos, largos como los de un saurópodo, hacía muy complicado a sus dueños ver qué era lo que les había golpeado. En un pis pas se encaramaron al saliente más cercano a la primera pista.

- ¡Cuántos saltadores! –dijo Gustavo- Debe haber más de cien...

- Solo con que Ricardo pase a la siguiente ronda, nos vamos a llevar un buen pellizco –explicó Julito, visiblemente excitado-. Las apuestas estaban doce a uno. Y si gana la prueba vamos a necesitar un camión para llevarnos la pasta.

- Bueno, bueno, cada cosa a su tiempo. Vale que Ricardo es un fenómeno, pero aquí vienen muchos profesionales... con pasar a la siguiente ya hemos cumplido. Por cierto –dijo Gustavo girando nerviosamente la cabeza en todas direcciones-, ¿dónde se ha metido ese capullo...?

Al volver a conectarse la megafonía, un estruendoso chirrido obligó al celurosaurio a llevarse las garras a los oídos. Por cálida que fuera, la voz de Ernesto Fado tardó en borrar la mueca que la estridencia había dejado dibujada en el rostro de muchos espectadores.

- Y ahí está ya el primer competidor dispuesto para el salto, señoras y señores. Se trata de Jesú Ishida, cuyo apellido les sonará a los más veteranos, ya que es hijo del famoso saltador Osamu Ishida, triple campeón de Asia antes de retirarse a nuestro país tras casarse con una iberoarmoricana.

Al joven azdárquido se le notaba la casta hasta en el andar, firme y tranquilo. Cuando estaba a pocos metros del barranco, emprendió una súbita carrera y, dando una gran zancada, se arrojó al vacío con decisión, cayendo en picado como una flecha. El público enmudeció un instante y cuando, en el último momento, el saltador desplegó las alas invirtiendo la trayectoria para flotar en el aire sobre la cresta de las olas, una gran ovación resonó desde lo alto, haciendo asomar la cabeza a un grupo trilobites que pacían apáticamente microorganismos en suspensión cerca de la superficie del agua.

- ¡Fantástico salto! Sí señor, puedo afirmar sin temor alguno a equivocarme que nos encontramos ante una gran promesa del deporte. No se olviden de ese chico, que dará que hablar.

Los jueces levantaron los marcadores y, a pesar de que la prueba acaba de comenzar, algunos postores comenzaron a frotarse las manos. Pero la apuesta más segura era el vigente subcampeón, al podía observarse ya en posición de despegue.

- Si les ha parecido increíble, esperen a ver el siguiente salto. Es el turno, nada menos que de Carlos Hado, de sobra conocido por todos. Con doce metros de envergadura, le basta alcanzar la vertical para abrir las alas y pensar en el siguiente salto. Su historial haría palidecer a cualquiera salvo a Bertín Trépido, el gran pentacampeón, quien como ustedes conocen sobradamente, ha debido retirarse del circuito una temporada por una tendinitis en el propatagio derecho.

Ignorando el comentario del popular Fado, el subcampeón no se limitó a acercarse con parsimonia al borde de la pista para dejarse caer, como todos esperaban. Cuando estaba a medio cuerpo de distancia dio un par de zancadas y botó hacia arriba como si se hubiera impulsado en un trampolín. Antes de comenzar el descenso, estiró el pico y la cola adoptando una postura completamente horizontal que hizo las delicias de los fotógrafos de la prensa deportiva. Entonces, se encogió y giró el tronco hacia abajo, estirando las patas para desprenderse de un teórico punto de apoyo al que se hubiera asido en medio del aire. La caída en picado duró un pestañeo y, justo cuando iba a romperse todos los huesos contra el suelo, elevó el pico hacia el sol al tiempo que desplegaba las alas por completo, blandiendo el patagio como si hubiera sido disparado desde un oculto resorte. Aprovechó la corriente de aire que su propio cuerpo había generado al aproximarse a la tierra para desplazarse hacia delante y tuvo ocasión de saborear la espuma de las olas antes de volver a ascender.

Tras un instante de callada admiración, la concurrencia prorrumpió en vítores y aplausos, e incluso los trilobites, entusiasmados, entrechocaron sus exopodios rabiosamente, hasta hacerse daño. Solo los plesiosaurios parecían algo decepcionados, pues aún no habían podido deleitarse con ningún porrazo.

- Bueno, bueno, bueno –retomó la locución el comentarista, tras tragarse una mosca que le había entrado en el pico, abierto de par en par ante la gesta de que acaba de ser testigo-. Aunque la competición acaba de comenzar, creo que va a ser muy difícil que alguien le arrebate el trofeo este año al señor Hado. Todos estamos deseando que llegue la hora de las grandes distancias para disfrutar con sus tirabuzones y triples mortales. Por cierto, ¿cómo van las apuestas, cariño?

- Vaya, pues el público tenía claro que don Carlos iba a hacer un buen salto, y por abrumadora mayoría.

- Buenas noticias para muchos, entonces. Por cierto, preciosa, ¿sabes porqué los azdárquidos nunca tenemos gatillazos?

- Bueno, serás tú...

- Chica, ten cuidado, que nos está oyendo tu marido… ¡Jajaja! Bueno, ¿lo sabes o no?

- Pues, no, la verdad.

- ¡Pues, ¿por qué va a ser?! Por nuestra en-verga-dura...

El público prorrumpió en soeces risotadas, asustando a los trilobites, que volvieron a sumergirse en el piélago. Los celurosaurios se miraron con cara de circunstancias, meneando la cabeza como tentetiesos. Un nuevo saltador se aproximó al escarpe que ponía fin a la rampa de lanzamiento y el escándalo acabó diluyéndose en un discreto murmullo.

Cuando el número de los competidores que esperaban su turno, calentando los músculos o paseando arriba y abajo en los márgenes de la pista, se redujo lo suficiente, Gustavo comprendió que la inquietud que había expresado a su amigo al comienzo de la prueba estaba fundada.

- Ese maricón se ha rajado.

- Vamos a palmar un montón de pasta –observó Julito.

- De eso nada –dijo Gustavo haciendo una seña a su amigo antes de lanzarse de un brinco bajo las patas de los azdárquidos.

Desandaron el camino desde la cornisa hasta la explanada que servía de aparcamiento en menos que canta un iberomesornis. Gustavo se encargó de los vehículos estacionados a la derecha de la taquilla y Julito de los de la izquierda. Mientras se agachaban bajo las ruedas, golpeaban la carrocería o proferían amenazas para poner nerviosa a su presa con objeto de que perdiera los estribos y echara a correr, delatando su presencia. Pero al único al que lograron alterar fue al guarda de seguridad, un struthiosaurio lleno de tatuajes con muy mala uva y tres decenas de pinchos afilados en la coraza.

- Pero, ¿qué coño pasa aquí?

Siendo de dominio público la nula capacidad dialéctica de aquella raza de anquilosaurios, a los que desde pequeños se entrena en el combate cuerpo a cuerpo en detrimento de su formación lingüística o en otro tipo de habilidades sociales menos agresivas, los celurosaurios optaron por abandonar el aparcamiento de la forma más digna en tales circunstancias, o sea, corriendo a toda pastilla hasta que les dolieron las articulaciones, ya en el exterior del recinto deportivo.

(Continuará...)

CHARLIE CHARMER

martes, 9 de mayo de 2017

Amada por un Deinonychus (Virginia Lauda)

Los lectores más asiduos del blog conocen el interés que despierta para Koprolitos el fenómeno de la literatura dinoerótica (si todavía no has oído hablar de este inquietante subgénero te recomiendo que eches un vistazo aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí y aquí). Siempre hemos comentado varias obras escritas en la lengua de Shakespeare, pero no teníamos constancia de que existiesen novelas o relatos de este tipo en castellano. Hasta que llegó Virginia Lauda. Su primera novela dinoerótica fue "Amada por una manada de Deinonychus", cuya sinopsis es la siguiente: "Sara es una jovencísima científico que tiene que luchar en un mundo dominado por el machismo. Por un accidente de laboratorio es transportada hasta el Cretácico donde sólo se tendrá a sí misma para sobrevivir. Allí la encontrará una manada de enormes deinonychus que jamás han visto una hembra de su especie. Sara va a ser devorada pero dinosaurios carnívoros huelen su sexo y sienten deseos de explorar a la extraña criatura no como comida, sino como hembra".

Posteriormente, Virginia Lauda publicó la secuela de esta historia, "La amante del Deinonychus", que continuaba con la trama desarrollada en la primera parte: "Sara, la joven científica, se ha unido a la manada de deinonychus y es protegida por Cresta roja, el macho dominante que es su amante, pero su vida corre peligro, un joven macho la desea y está dispuesto a pelear por el liderazgo de la manada de depredadores y por ella. La capacidad de Sara para sobrevivir entre los dinosaurios, usando todas sus armas, incluidas las de mujer, se pondrá prueba".

Y este mismo año, finaliza la trilogía con "La dueña del Deinonychus". Virginia Lauda ha unido las tres partes en un solo volumen que ha titulado "Amada por un Deinonychus", y resume la historia de la siguiente manera: "Este libro contiene las trilogía completa de las novelas de Sara, la joven científico que es transportada por accidente al Cretácico, allí es presa fácil para los depredadores, pero su piel suave e inteligencia la hacen atractiva no sólo como comida, sino como hembra. Sara será encontrada por una manada de deinonychus y el macho dominante ha decidido que quiere que sea la madre de sus crías. Todos los machos e incluso las hembras de la manada, se la disputarán". Para que nos podamos hacer una idea de todo esto, dejamos un pequeño fragmento de esta última parte de la trilogía:

El sol del Cretácico había bronceado la piel de Sara que apenas cubría unos jirones de piel de iguanodon. Sentía esta piel sobre la suya y su tacto le recordaba el roce de los dinosaurios que la habían hecho suya. No pudo evitar estremecerse cuando recordó a Cresta Roja, el gran macho deinonychus que era el líder de la manada. Por ella había expulsado a las demás hembras de su nido y cada atardecer, al regresar de la caza tomaba a Sara y la obligaba a que se tendiera sobre sus manos y rodillas para montarla. El sexo de Sara empezó a humedecerse y y las gotas de su flujo hicieron que sus piernas se volvieran resbaladizas mientras caminaba. Temblaba de deseo al recordar al enorme pene de Cresta Roja dentro de sí, este estaba siempre lubricado y penetró a mayor profundidad que la que hubiera alcanzado el mayor pene humano.

Acongojante...

lunes, 8 de mayo de 2017

Los dinosaurios motorizados de Hironobu Shiozawa

Hironobu Shiozawa, es un artista nacido en Tokio (Japón) y graduado en Bellas Artes por la Tama Art University. Especializado en escultura, en la actualidad forma parte del profesorado de la misma universidad. Su obra es conocida por representar elementos animales convertidos en híbridos. Así, podemos encontrar insectos, mamíferos y un gran número de reptiles mesozoicos convertidos en toboganes o motocicletas. Aquí dejamos una muestra de estos dinosaurios motorizados:
















Javi Godoy lo vio aquí.

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