lunes, 22 de mayo de 2017

Superhéroes y Dinosaurios X: ¿Evolucionaron los superhéroes de los dinosaurios?

Acaba de caer en mis manos Amazing fantasy, una recopilación que editó el año pasado Panini España de la homónima revista (1961-62) de la Marvel en la que vería la luz Spiderman. Entre los extras que se incluye al final del volumen, hay un artículo que Jack Kirby publicó en Monster menace #2 (1994) en el que sostiene una tesis fascinante, más aún viniendo de quien viene.

La carrera espacial y la radiación atómica dispararon la imaginación de los jóvenes en la posguerra, impulsando las historias de monstruos. “Para introducir un cambio, combiné los monstruos con características humanas. Se convirtieron en parte del modo de vida humano, y al hacerlo, los monstruos se volvieron aceptables para el hombre. Se produjo una evolución del monstruo y del hombre. Me interesaba tomar a los monstruos que aterrorizaban al hombre y convertirlos en aliados. Seguían pareciendo monstruos, pero tenían cualidades heroicas”.

La conclusión a la que llega Kirby es ciertamente reveladora: “Los primeros monstruos eran precursores de los superhéroes de los 60”.

Y no habla por hablar, da datos concretos: en “Thorr” (1961, Tales to Astonish #16) aparecen una critaturas rocosas que tenían mil millones de años de antigüedad y el autor reutilizó para combatir al propio Thor; en Journey into Mistery #62 (1960) aparece un monstruo peludo llamado “Hulk” que no es sino un predecesor del hombrecillo verde al que todos conocemos.

Kirby no lo menciona, pero en noviembre de 1961 aparecen en los kioscos tanto “Sserpo” (Amazing adventures #6) como “La Cosa” (Fantastic four #1), que deben tener algún pariente común o, tal vez, el dibujante había tenido algún problema reciente con una piedra…

Llegados a este punto, vamos a intentar contestar al enigmático –hasta conocer la tesis de Kirby- interrogante que plantea el título de este post. En principio y como vimos en el post dedicado a Jack Kirby, los dinosaurios presentes en las historias de monstruos publicadas por el dibujante antes del boom de los hombrecillos con mallas en los 60 parecen apuntar hacia una respuesta afirmativa.

Por cierto, en el recopilatorio de Amazing fantasy publicado por Panini podéis leer en español "We were trapped in the twilight world!" (1961, Stan Lee/ Kirby), o "Those who... change!" (1962, Lee/ Steve Ditko), muy apropiada para los lectores de este blog, a los que no puedo contar nada más sin hacer spoiler.

¿No recuerda a Devil Dinosaur el terópodo colorao de "We were trapped..."?

Sin embargo, resulta bastante difícil encontrar cualidades saurias en superhéroes, ya que los pocos ejemplos obvios que han pasado a la historia han caído siempre del lado de los supervillanos: Sauron (1969, Roy Thomas/ Neal Adams), Stegron (1974, Len Wein/ Gil Kane). En realidad, lo más parecido a un héroe se debe precisamente a Kirby: Devil dinosaur (1978). Pero, ¿Por qué puede ser un héroe un hombre-araña o un hombre-murciélago y no un hombre-estegosaurio?

En nuestra serie monográfica sobre la evolución de los dinosaurios en el imaginario popular “Imaginando dinosaurios” vimos que, salvo honrosas e interesantes excepciones, los reyes del Mesozoico se habían dedicado tradicionalmente a proteger del exterior mundos perdidos poblados por turgentes amazonas, para terminar pagados en posguerra siendo considerados meros trofeos de caza mayor en safaris en el tiempo. Ya ni siquiera daban miedo. Después de que los yanquis arrojaran la bomba atómica, es comprensible.

A finales de los 60, se pone en tela de juicio su supuesta ectotermia y Dale Russell describe al inteligente stenonychosaurus, de visión binocular y dedos oponibles que, según él, de no haberse extinguido habría evolucionado como el hombre.

Pero, para entonces, los superhéroes ya se habían adueñado del panorama editorial norteamericano en el que, es triste decirlo, poco ha cambiado desde entonces.

De manera que, si el universo Marvel no está lleno de hombres-dinosaurio que salvan doncellas en apuros atrapadas en las redes de villanos hombres-tarántula, no se debe más que una cuestión de tiempos: si el boom de los superhéroes hubiera tenido lugar en los 80, hoy todo el mundo conocería a Triceratops-man y Troodon-boy… Aunque el futuro aún no está escrito, por supuesto.

viernes, 19 de mayo de 2017

Unas cuantas ilustraciones dinosaurianas... (IX)

Spike (por Beatrice Blue)

Volvemos una vez más con otra tanda de ilustraciones dinosaurianas, esta vez con un denominador común: la coexistencia entre humanos y dinosaurios no avianos. Supongo que a estas alturas ya sabemos que esta coexistencia no tuvo lugar, ya que los dinosaurios no avianos se extinguieron hace 66 millones de años y el género Homo surge hace 2,5 millones de años. Pero bueno, quitando esta "pequeña" imprecisión, estas ilustraciones permiten imaginar cómo sería tener a un tiranosaurio de mascota, o de montura, o lo difícil que sería discutir con uno de estos enormes bichos. Ahí lo dejamos:

Dino-Riding Beard Man (por Ryan Van Dongen)

Rand Show 2016 (por Says Who)

Head in the clouds (por Dominik Mayer)

Reasoning with a T Rex (por Jack Whitney)

Desert Rider (por J.E. Jácome)

jueves, 18 de mayo de 2017

El mosasaurio de plastilina de Elías García Ledo

Elías García Ledo es un ilustrador español que vive en Londres desde 2010. Estudió publicidad audiovisual y ha trabajado como diseñador gráfico para agencias como Young & Rubicam, CP Proximity, Storm Ruiz Nicoli o Doubleyou. Desde 2011 trabaja para la compañía de videojuegos Gamesys. Sin embargo, lo que nos interesa de la obra de Elías es su faceta de escultor. Y más concretamente, la realización de este mosasaurio de plastilina. Aquí dejamos el proceso de creación de la escultura:








miércoles, 17 de mayo de 2017

A Capella Science - More Than Birds

A Capella Science es un proyecto del físico canadiense Tim Blais en el que aúna su pasión por la ciencia con el interés que siempre ha despertado la música en él. Así, inspirado en Weird Al Yankovic, Bill Nye, Mike Tompkins o Vi Hart comenzó a componer canciones paródicas a capella con temática científica. En gran parte, sus letras tratan de física, pero hace unos días estrenó una canción en la que habla de por qué los pájaros son dinosaurios. La dejamos a continuación:


La letra de la canción es la siguiente:

Pigeons and doves coo 
They're not two birds but one from a deeper view 
With life that always holds true 
One descent but if you only knew 
How clearly 
Gulls and geese have had their roots revealed 

More than birds 
The fossils have the clues to make it real 
By the mid-Jurassic they had warm bodies 
And hollow airy bones 

What would you do 
If raptors grew wings and flew 
More than birds the stones reveal 
Archaeopteryx is real 
What would you say 
If I told you birds convey 
More than eggs and tasty stew 
They're a strain of dino too 

More than birds 

How could life give rise to 
Cockatoos from such a monstrous plan 
Selection pressure substitutes their 
Jumps for glides 
To powered flight it tends 
Adapting or T-Rex's feathers and wishbone 

More than birds 
By oviraptor's breeding can be shown 
Cause like birds they laid their eggs sequentially 
And sat on them to grow 

What would you do 
If you died while stuck in goo? 
More than birds in amber sealed 
Dino plumage is revealed 
What would you say 
If our rooks and birds of prey 
Are the ancient kings made new 
Cause they're avian dinos too 

More than birds

martes, 16 de mayo de 2017

Plumas al viento (Charlie Charmer) (y II)

Resumen de lo publicado: Ricardo, el richardoestesia, ha acudido junto a sus amigos paronychodones a una competición de saltos al vacío donde se mueve gran cantidad de dinero en apuestas. Pero Ricardo en realidad sólo es un bocazas que no sabe volar y todo se le ha ido de las manos...


- Olvídate... de ese cobarde –dijo Julito con la lengua colgando por la comisura izquierda de la boca, interrumpiéndose constantemente con sus jadeos-. Ya nos encargaremos de él… cuando se le ocurra volver al pueblo.

Gustavo le miró con los ojos aún inyectados en sangre y el rostro pálido como la caliza.

- Tienes mala cara –apreció Julito.

- El tabaco... coff, coff… tengo que dejarlo pero ya... -apenas pudo terminar la frase, echándose mano a la boca del estómago, llevado de una náusea entre aquellas toses convulsas- coff, coff.

- Si tienes que potar, por mí no te cortes –dijo Julito sacándose la chorra junto al arcén para vaciar la vejiga-. A mí también me tocó echar la papilla antes, cuando se me ocurrió acercarme al chamizo que hace las veces de urinario en la entrada. Te aseguro que hay que estar muy desesperado para meterse ahí.

Los paranychodones arquearon las cejas y cruzaron una mirada cómplice. El regreso al circuito fue bastante más lento que la huida, no tanto por el agotamiento físico de Gustavo como por el temor a volver a encontrarse cerca de la porra y las púas del struthiosaurio. Cuando llegaron junto a la caseta, Julito golpeó a poca distancia del picaporte un par de veces con los nudillos.

- Ocupado –dijo un vocecilla desde el interior.

Gustavo hizo una seña a su amigo para que se apartase y, de una certera patada, hizo saltar los pernios por el aire, echando la puerta abajo. Pero el hedor era tan intenso que tuvo que echarse a un lado para vaciar su ya revuelto estómago, mientras Julito le sustituía tapándose los orificios nasales con las garras.

- Sal de ahí, capullo. Está a punto de llegar tu turno y todos dependemos de ti.

- No... no lo entiendes –dijo Ricardo levantando la mirada sin mover la cabeza, acurrucado en un rincón-. Dieciocho metros es mucho más de lo que he saltado nunca.

- Pero, ¿qué estás diciendo? ¿No te habías tirado por el barranco de las chufas?

- Sí, pero la pendiente es tan suave que acabé completando el descenso de varias zancadas. Nunca he dado un salto de más de cinco metros y no creo que realmente haya planeado jamás.

- Pero, bueno, y ¿por qué no lo aclaraste antes?

- Estaba todo el mundo tan excitado que me sabía mal desilusionaros.

- Bueno, todo eso ahora ya da igual –dijo Gustavo, que había recuperado un poco el color después de echar el desayuno-, tú vete para allá, salta y ya está.

- Es que no estabas aquí y no te has enterado –trató de aclararle Ricardo, apretando más fuerte las piernas entre los brazos, hecho un ovillo.

- Me he enterado de sobra. O te vas a la pista echando ostias y saltas o te tiro yo. Abre las alas en cuanto estés en el aire y procura no matarte. Con que pases esta ronda tenemos suficiente.

- Gustavo tiene razón –dijo Julito-. El viento ahora juega a tu favor, sopla desde abajo con fuerza. Antes ha saltado un pterosaurio diminuto al que el viento ha devuelto al punto de partida tan pronto que ha sido eliminado. Nosotros somos mucho más pequeños que esos azdárquidos. Eso debe ser una ventaja, ¿no crees?

- Pero, pero...

- No hay peros que valgan. Vamos, ya que tienen que estar a punto de llamarte.

Los paronychodones agarraron por las sisas al richardoestesia, sacándolo a rastras del excusado. Atravesaron el aparcamiento a toda velocidad, temiendo encontrarse de nuevo con el guarda, pero fue una ambulancia medio destartalada la que se los habría llevado fácilmente por delante si la sirena no hubiera anunciado su presencia chillando desbocada, girando sobre su eje mientras proyectaba un haz de luz anaranjada por todas partes. Los celurosaurios se echaron a un lado y el vehículo prosigió su agitada marcha, con la mala fortuna de meterse de lleno en un enorme bache que puso a prueba los amortiguadores y acabó por abrir la portezuela trasera. Uno de los enfermeros se apresuró en volver a cerrarla, pero Ricardo tuvo tiempo de comprobar el lamentable estado del pterosaurio cuyos restos viajaban sobre la camilla, completamente desmembrados, tiñendo de rojo las sábanas.

En un quiebro, el richardoestesia se soltó de sus captores y echó a correr, pero pronto fue alcanzado. El resto del camino lo hizo arrastrado por los pies por sus paisanos. Llegaron a la pista justo cuando el locutor le presentaba:

- Y la novedad de este año es que tenemos a un auténtico dinosaurio entre nosotros. Por supuesto, un dinosario no aviano, pues otra cosa atentaría contra el reglamento. Si quieren ver a un celurosaurio destriparse contra los peñascos, les sugiero que continúen atentos a la pista… -los plesiosaurios, que llevaban un rato ocupados en dar caza a un calamar que se había despistado, regresaron inmediatamente a su puesto de observación.

- Noooo. Dejadme, cabrones, dejadmeeee –se quejó Ricardo, clavando las uñas en el suelo, hiriendo la tierra sin obtener a cambio más que unos largos surcos que le seguían, serpenteantes.

- Se trata de Ricardo… Esteso, juajuajua. Juro que no es otra de mis bromas. Ricardo Esteso, un richardoestesia de metro y medio de envergadura y un escueto historial que, asegura, ha dado un par de brincos en un montículo de su pueblo. La diversión está asegurada. Vamos muchacho, levántate del suelo y pórtate como un saurio… jajaja –la risita que había provocado el nombre del competidor entre muchos sectores del público se convirtió entonces en cachondeo generalizado-. Claro, es eso. No es más que un saurio, amigos, su sitio está ahí, arrastrándose sobre la tierra.

Los paronychodones se agacharon junto al foco de todas las burlas.

- ¿Es que no les estás oyendo, mamón? ¿Vas a consentir este escarnio de tu especie? ¿Qué eres, una mierda de eusuquio o un saurio?
Ricardo no contestó, pero aflojó la presa contra el suelo. Dejó de llorar como una niña y se incorporó lentamente sobre las rodillas. Los paronychodones le soltaron, permaneciendo lo suficientemente cerca para volver a agarrarle si era necesario.

- Eh, un momento –dijo el presentador-. Parece que nuestro amigo se ha enfadado y quiere demostrarnos algo... Seguramente, la ley de la gravedad –abajo, los plesiosaurios golpeaban las olas con sus aletas, presa de la excitación.

El comentario y las risas con que el público le correspondió acabaron por enervar al richardoestesia, que se puso en pie. Mientras sus acompañantes se reintegraban a la masa una vez cumplida su misión, se acercó lentamente al borde del escarpe y colocó los pies paralelos en el límite. Fue entonces vio las rocas al fondo, rodeadas de bivalvos y líquenes, afiladas como los dientes de un betasuchus. En su anterior visita a la pista no había llegado tan lejos y pensaba que, al final de la caída, lo que le esperaba sería el mar, que podría dejarle malherido pero daba cierto margen a su supervivencia. Tenía la idea preconcebida de que los peñascos se reservaban a las categorías superiores. Sintió unas ganas irrefrenables de darse la vuelta y salir corriendo, pero fue incapar de mover un solo músculo, estaba completamente paralizado.

Absorto en la distancia que le separaba del fin, que habría deseado que fuera aún mayor para arrancar unas décimas de segundo adicionales a la existencia, no lo vio llegar. Ni siquiera se percató del grito mudo del respetable, observando con el corazón encogido como aquel judas malnacido se abría paso entre la turba para emprender la carrera con los brazos extendidos hacia el que le había tenido tanto tiempo por su amigo.

Una cosa era que aquel dinosaurio prepotente se precipatara al vacío por cabezonería propia y otra que nadie le obligara o, menos aún, le empujara literalmente. Solo una vez, en toda la historia del campeonato, había sucedido algo parecido aunque de mucha menor gravedad. El padre de un pterosaurio manco fue detenido por las autoridades al cogerle intentando extorsionar al niño con retirarle la paga si no saltaba. Acusado del delito de coacciones tipificado en el artículo 434 del Código Penal Deportivo, con la agravante de la minusvalía de su vástago, fue condenado a seguir entregándole su asignación mensual desde la cárcel durante los siguientes doce años. Algunos criticaron el rigor del tribunal, pero lo cierto es que no se volvió a dar un caso similar tras aquella condena ejemplar.

Gustavo aceleró el paso las últimas zancadas. No estaba dispuesto a esperar a que aquel miedica se arrepintiera. Llevado por su envenenado impulso, resbaló con la gravilla de la pista, a la que las pisadas plantígradas de los azdárquidos estaban más que acostumbradas, pero poco aptas para dinosaurios digitígrados, y la inercia le lanzó despedido por el margen derecho del escarpe donde terminaba la rampa, sin siquiera rozar a Ricardo, que contempló atónito como el paronychodon daba varias vueltas de campana en el aire hasta chocar con un saliente del promontorio que le proyectó con fuerza hacia el mar. El cuerpo describió una parábola perfecta y aterrizó sobre el grupito de plesiosaurios, despachurrando a uno en el acto.

- Bueno –resonó la voz del comentarista a través de la megafonía-, pues parece que ha quedado demostrado de una vez por todas que los dinosaurios no avianos no pueden volar –el público le contestó con una obscena carcajada-. Y vayamos ya con el penúltimo competidor, el veterano Froilán Zado…

Uno de los jueces ayudó a Ricardo, todavía bastante afectado por cuanto había sucedido, a retirarse de la pista y le acompañó hasta la pequeña tribuna desde donde la organización controlaba el desarrollo del campeonato. El secretario del tribunal levantó su cabeza en forma de flecha, se rascó el cuello con el raquis de la pluma y miró al celurosaurio con una mezcla de estima y conmiseración.

- Felicidades, señor Esteso, ¿Va a competir en la siguiente categoría?

- ¿Perdón? No le comprendo. Si no he saltado…

- Vamos a ver lo que dice el acta… sí, aquí está “dinosaurio no aviano realiza un salto poco ortodoxo y pasa al siguiente nivel”.

- Pero, ése no era yo… y además, se estrelló contra el fondo.

- El reglamento indica que superará la prueba el competidor que consiga planear sin chocar contra las rocas o el mar. En tanto solo ha habido un dinosaurio inscrito en esta categoría y, tras un casi imperceptible planeo, no ha golpeado a ninguna piedra ni al agua, sino a un especímen que, por otra parte, no debería haber estado ahí, puesto que hay carteles que lo prohíben distribuidos por todos los alrededores, la única conclusión válida es que Ricardo Esteso ha superado la prueba. Si no está de acuerdo con la resolución del tribunal, tiene diez días para recurrir ante el Tribunal de Arbitraje Deportivo...

Como pueden imaginar, el pueblo recibió al héroe de Montmeló con todo el boato y fanfarria de que era capaz. Los festejos por la gesta se prolongaron durante varios días y le dieron su nombre a la escuela tras adecuar sus instalaciones con el dinero obtenido por las apuestas. Nadie echó de menos a Gustavo y, por lo que se refiere a Julito, se encargó de difundir los detalles de la hazaña de Ricardo minuciosamente entre sus convecinos, a los que, con gusto, explicaba una y otra vez cómo había aguantado el tipo hasta el último momento, como se arrojó sin dudar desde lo alto del risco, con los ojos cerrados, sin dejar de pensar un instante en la educación de los niños del pueblo, cómo su espíritu intrépido le impulsó sobre las nubes y como refulgía el sol a través de sus plumas cuando se posó, majestuoso, en la tierra.

Sin embargo y pese a los muchos requerimientos de que fue objeto, el laureado richardoestesia rehusó abrir una escuela de aviación para los jóvenes del lugar, a los que siempre aconsejó que mantuvieran las patas bien sujetas a la tierra. Y lejos de perpetuar su fama con nuevos desafíos, aprovechó el éxito para retirarse con la auréola de campeón. Dicen que no volvió a saltar ni los charcos.

CHARLIE CHARMER

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